Hay ausencias que no se miden en kilómetros, sino en cumpleaños olvidados, enfermedades vividas en soledad y teléfonos que nunca suenan. Cuando ese silencio se prolonga durante años, resulta comprensible que un padre se pregunte por qué la ley le obliga a dejar parte de su patrimonio a quien decidió desaparecer de su vida.
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